viernes, 4 de abril de 2008

Salón comedor



Nos sentamos a comer los siete. En la oficina no podemos hablar mucho pero en el bar del edificio, entre el barullo y la música de ambiente, hay que gritar para que te escuchen. Siempre nos sentamos igual, las mujeres frente a los hombres yo a la cabecera. Siempre pido lo mismo; pan de carne con ensalada de tomate, zanahoria y huevo. Para tomar, desde que no venden más cervezas porque uno de los empleados se agarró a trompadas con un jefe de sección el mes pasado, pido Fanta o Crush, horribles cualquiera de las dos pero las otras me hacen mal. Ese día termino de comer y Raúl se levanta. Raúl es mi mejor amigo.
Me dice que lo acompañe, me lo dice al oído, así que supongo que será un secreto o algún contrabando que circula por el edificio y están por armar una subasta. Nos levantamos de la mesa sin saludar porque pensamos volver. “¿Volvemos, no?”, le pregunto. “Claro, claro”, me contesta rascándose la pelada.
Cuando llegamos al piso 110 algo me pica el pecho, como si fuera un golpe de aguja en el esternón. Salimos del ascensor y veo, a través de las paredes de vidrio, un avión como los que nos llevan al Tercer Mundo de excursión. Un avión de pasajeros, no militar. Un avión que de punta se incrusta en la ventana e ingresa al salón de reuniones del Directorio a la vista atónita de todo el personal.
No dura ni un segundo el impacto.
Cuando me traga el motor del ala izquierda del avión yo sigo ahí, con la frente arrugada y los ojos chinos por el dolor en el pecho. Creo que cierro los ojos antes.

1 comentario:

Funes dijo...

Entré para ver si había algún comentario y lo único que encontré fue spam... qué gracioso, me pongo a escribir de las torres y en sillicon valey alguien se enoja... qué flato